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Auto de formal ficción.

Tomó un pedazo de hilasa negra y lo cortó con los dientes. Con dos dedos tomó la aguja metálica previamente desinfectada con un encendedor común y corriente. Metió la punta del hilo por el ojillo de la aguja y la punta de la aguja en el torso de la mano de ella. Nadie gritó. Nadie dijo nada. Solo un suave gemido, más parecido a un ronroneo que a una queja. Ella tenía dieciséis años, el dieciocho, y no podía alegar inmadurez para justificar sus actos. Era más bien amor. Continuó cosiendo cruces en la mano delicada.

Sus padres eran católicos y también caóticos. Eran buenas personas. Gente trabajadora. Gente honrada. Tenían un poco de gente de sociedad, pero tenían un demasiado de ingenuidad, un demasiado de confianza. A los cuarenta y dos años de edad, la mujer del ingeniero creyó estar embarazada por primera vez. El ingeniero tenía la esperanza de que así fuera, la situación era bastante holgada económicamente, todo era optimo. El doctor lo llamó un tumor. Poco menos de nueve meses después lo bautizaron como Héctor Vicente. Su infancia fue normal, sencilla, feliz. Eso aunque su infancia terminó a los ocho años, cuando descubrió el sarcasmo y la lectura. Eso terminó por matar su infancia.

Se seguía divirtiendo, leía a Poe, y su mente aún moldeable supo confundir correctamente el amor sincero con una violencia tierna y extraña. Eso cerca ya de los diez años de edad. No era un niño precoz. Tan solo tenía algunos conceptos torcidos, tanto que a temprana edad quería ya crecer y desarrollar el impúdico e inmoral oficio de la escritura, empresa en la cual falló.

A pesar de todo, el mocoso estupido era honesto y, de cierta forma, buena persona. Esto no implicaba que fuera una personita fácil, era más bien alguien difícil de tratar. Así, el niño creció un poco, y entró a una secundaria federal. En este tipo de lugares, las cosas no son digamos, exactamente iguales a un paseo en carrusel, para él. Y la verdad es que el no lo facilitó. No era el problema su inteligencia superdotada, sobredotada, poco valorada, ni su igual de útil capacidad de conectar sus lazos neuronales, sus puentes mentales, en carrusel. No era tampoco problema su fealdad a medias ni su guapura surrealista y poco comprendida. De nada le servían los universalmente apreciables y seductores conocimientos vagos acerca de lo que sea, de nada le servía la oratoria: Al final, se había convertido en un declamador sincero sin corazón femenino al cual morder y arañar amorosamente con las palabras. Se había convertido en un asesino dedicado a provocar placer agónico, terminal, pero sin ninguna victima a la cual inmolar. Se había convertido en un niño demasiado perverso en todo lo profundo que podía serlo a su edad. Se había convertido en un adulto que aún gozaba de las ventajas de la inmadurez aparente cuando le era conveniente. Comenzó a contarse a si mismo chistes idiotas acerca de pollos de colores, acerca d militares que cambiaban de nombres tras las trincheras, acerca de.... no importa. Como sea, gracias o a pesar de todo, el se convirtió en un rechazado de si mismo, en un actor de movimientos delicados dentro de un mundo que demandaba teatralidad rápida y efectiva. Cosa que a el le parecía un asunto facilista, tanto como una masturbación mutua. Facilista e idiota. Tomó a alguna niña, la mas acordé con sus gustos, y la hizo creer lo que el se había echo creer a si mismo: que ella sería algo importante en su vida. La sedujo buscando la sexualidad mental, la sensualidad sonora, el hedonismo mediante el gocé de ella. Y luego la desengañó. Le hizo ver que no se trataba más que de un cabron que quería llevársela a la cama. Cosa que no era cierta. En realidad el ni siquiera lo pensaba como un posibilidad, aunque ella en realidad lo quería. Tuvo miedo a que pensara ella que el era un patán de mierda. Cuando vió que ella no lo pensaba así, le dio miedo. Se autosaboteó. Y la convenció a ella de que el era un patan de mierda. Era la mejor manera de terminar la relación: Haciendole pensar a ella que el de la culpa era él. Y fue lo mejor. Sonrió, lloró, cortó, perforó y cercenó. Física y mentalmente. A sí mismo. Se acostumbró. Lo creyó artístico. Sentía una inmensa alegría al estar triste todo el día. Por decirlo de alguna manera. Idiota manera, por cierto.

Así fue construyendo relaciones y destruyéndolas. Su relación con la preparatoria, el primer colegio del que fue expulsado. Fue a hablar con el director. El director les dijo a sus padres que no era responsabilidad de la escuela. El engendro ese tenía el IQ más alto de toda la preparatoria, y sin embargo en el primer semestre había reprobado siete materías. En examenes extraordinarios pasó cinco al primer intento. Cosa que los directivos tomaron como una afrenta. O como algo castrante. Para el siguiente semestre, tuvo cinco materias reprobadas, cuando solo le era permitida una. De cualquier manera, el director aceptó al muchachjo dentro de la escuela de nuevo, después de una platica en la que Héctor, el personaje de nuestra historia, se defendió a capa y espada gracias a argumentos y citas tales como la del IQ y de la inutilidad que tenía la escuela para tratar y estimular a tipos como él. Aún aceptado de regreso, eligió irse a otra escuela. Allí conoció alguien a quien dañar durante los recesos. Tomó un pedazo de hilasa negra y lo cortó con los dientes. Con dos dedos tomó la aguja metálica previamente desinfectada con un encendedor común y corriente. Metió la punta del hilo por el ojillo de la aguja y la punta de la aguja en el torso de la mano de ella. Nadie gritó. Nadie dijo nada. Solo un suave gemido, más parecido a un ronroneo que a una queja. Ella tenía dieciséis años, el dieciocho, y no podía alegar inmadurez para justificar sus actos. Era más bien amor. Continuó cosiendo cruces en la mano delicada.

Luego, se enamoró de su maestra de literatura. Y ella de él. El entró a estudiar letras. Ella lo invitó a la radio donde trabajaba. El la miraba desde lejos. Ella le pedía un beso. El se amedrentaba. Ella lo besaba. El se enamoraba. Ella lo humillaba. El aguantaba. Ella también. Ellos se hicieron daño. Por mas tiempo. Todo era hacer dañó, hacer un pequeño caos, interno, sutil. Hacer daño amándose. Hacer daño queriendo. Hacer daño de la manera más poética. El caos sutil. El escribió una autobiografía, una vez más. El mintió, e inventó cosas. Ella aún lo quiere, y el a ella, pero se han dañado ya demasiado. Todo gracias a la belleza del caos sutil.

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